Una vez más y para quien no lo haya hecho, debo pedir disculpas por estas dos semanas de abandono. Hay veces que se complican las cosas o simplemente uno no se encuentra anímicamente con ganas de escribir y estos han sido los casos. But… I’m back!!
Primero de todo hablaré sobre la escuela ya que es algo más breve. Hemos tenido nuestras vacaciones de otoño y ya hemos reemprendido las clases. Todo sigue igual de bien con las clases de metodología, Mrs. Erzsebet Boros me sigue poniendo a prueba con mini exámenes para ver si voy al día (me encanta esta mujer) y Edina Dorko, mi anterior profesora ya ha dado a luz a su hijo, ya lo suponía pero me lo confirmaron la semana pasada.
Un pequeño apunte para la gente de danza. Mañana la clase empieza con el famoso flic-flac, intentaré acribillarle con todas las preguntas que pueda, pero ya me puso de sobre aviso que en cada escuela lo enseñaban de una forma diferente y que era un paso difícil de analizar… jejeje, esperemos que se moje como hasta ahora.
Del resto de la escuela todo va sobre la marcha, gracias a las clases de húngaro los internacionales se van abriendo un poco más conmigo. Ha costado porque ellos van a la misma clase de grado IX y yo todavía no he ido a verlos, solo coincidimos en la clase de húngaro o por ejemplo el miércoles pasado en la ópera. Nos invitaron a ver un ballet a los de grado IX y a mí, “Los hermanos Karamazov”. La pieza no era nada del otro mundo, aunque los bailarines principales eran bastante buenos. En conclusión, nos dejó a todos bastante indiferentes. Eso sí, tengo que decir que el edificio de la ópera es precioso, tanto por fuera como por dentro. Quizá demasiado recargado de dorado pero teniendo en cuenta que es de 1884… es comprensible.
El miércoles que viene bailan los de grado IX en el castillo de Buda, y Marina (la famosa griega de la entrada de anuncio) me ha pedido que vaya a verles… jejeje, me llevo genial con ella. Ahora estoy mirando a ver si también me pueden dar algún ticket gratis y así no tengo que pagar más extras.
En cuanto a la vida en Budapest, pues todo sigue su marcha con fiestas, viajes, quedadas para jugar al póker, cenas con amigos internacionales de amigos nacionales…, y bueno conociendo poco a poco a todos y eligiendo a los verdaderos amigos.
Como lo prometido es deuda y es el plato fuerte de esta publicación, vamos a meternos en el viaje más loco y largo que he hecho hasta ahora. Posiblemente haya hecho los mismos kilómetros que en todo el interrail de Alemania (alguno menos aquí, pero en tan solo 7 días). Antes que nada os presento a mis compañeros de viaje, de izquierda a derecha:
Ángel Jezú, Yo, Elena, Sergio, Noelia, Antonio, Álvaro, Olena, Esmeralda (nuestro GPS) y nuestra furgo detrás… Si, si, habéis leído bien, algunos es la primera noticia que tenéis pero alquilamos una Peugeot Boxer de 9 plazas para nuestro viaje.
Antonio y Elena son Tato y Tata, ellos son las mejores personas y afines a mí que he encontrado hasta ahora en Budapest, Olena es un cielo de persona y Noelia… ya conocéis la historia. Los que no la conocen, ya se lo contaré en persona y algunos mejor que nunca la sepan ¿verdad papis? Jejeje. Mama, por más que insistas nunca te contaré mi vida privada, y menos la de Budapest.
Comenzamos.
Sábado 17 de Octubre, nos levantamos relativamente temprano y quedamos en coger una maleta de equipaje de mano de avión por persona, y un ordenador portátil para todos. Acudimos a la oficina de Fox Autorent y tras firmar una serie de papeles y escuchar continuas advertencias de “si le pasa esto, lo pagáis”, “si le pasa lo otro, lo pagáis”, “si os la roban, pagáis la furgoneta entera”… ¿¿¿QUÉ??? Así es, desde ese momento decidimos que debíamos controlar la furgo más que a nuestro peor enemigo. Tras la revisión pertinente de los roces que tenía la furgo por parte de los trabajadores de Autorent, cargamos las maletas, nos presentaron a Esmeralda (nuestro GPS, insisto) y marchamos rumbo hacía Szeged. Que panda de locos, cómo no las primeras fotos dentro de la furgo, las primeras risas haciendo cábalas de todo lo que nos iba a pasar, las primeras comidas de guarradas “TIPICAS” de dentro del coche, etc…
Tras 174 kilómetros aproximadamente llegamos a Szeged, una ciudad de lo más tranquilo que puedas encontrar. Aparcamos la furgo en un gran parque y nos alejamos sin dejar de mirarla por el rabillo del ojo. La ciudad no nos pareció muy grande, el parque donde en uno de los laterales se encontraba el ayuntamiento, unas calles peatonales bastante bonitas y una gran plaza donde se encuentra la iglesia. Tras las fotos de rigor, comimos en un McDonald’s, todavía nos encontrábamos en Hungría por lo que no había nada nuevo para comer, añadiendo además que nuestra originalidad estaba más bien dormida en ese momento. Después de un café y el cigarro de los fumadores, regresamos a la furgoneta para emprender la marcha.
Nuestro nuevo destino era Belgrado y Esmeralda amablemente nos indicó el camino y el lugar donde encontraríamos el hostal a 162 kilómetros. Cruzar la frontera fue como trasladarse a otro mundo, todos los carteles estaban en cirílico y entre los coches ya se dejaban ver auténticas máquinas antiguas. La primera anécdota grande para contar ocurrió aquí, en cuanto entramos a Serbia. Esmeralda insistía en que estábamos en una autopista y nosotros solo veíamos una carretera nacional con un carril para cada sentido con un arcén de metro y medio aproximadamente, hasta que vimos estas imágenes y empezamos a comprender todo…
¡¡Los coches en lugar de adelantar invadiendo el sentido contrario, circulaban por su carril y el de delante se retiraba al arcén para dejarse adelantar!! ¡¡Que locura!! Llegamos a ver 2 autobuses, un camión y un coche prácticamente en paralelo.
Otra de las imágenes curiosas de la carretera fue al pagar la autopista, donde a mano izquierda pudimos ver una serie de tanques trasladados en camiones.
La noche se nos echó encima y finalmente llegamos a Belgrado, callejeamos para encontrar el hostal y la frase de siempre “abrir bien los ojos que el hostal está cerca”, seguida por “¡Si! ¡Si!, Allí está el cartel”, “¿¿¿QUEEE???”. Pasamos por delante con la furgoneta y se nos transformó la cara al ver que la entrada al hostal era un patio viejísimo, con una escalera antiquísima y no tenía ratas subiendo porque en ese momento estarían durmiendo. ¿Dónde nos habíamos metido?
Seguimos unos 50 metros más hacia delante y aparcamos en un parking privado. Esta fue una decisión consensuada, nos habían avisado que tuviéramos cuidado con la gente de aquí, asique decidimos que nuestra furgoneta durmiera en parkings privados costase lo que costase (que luego no fueron tan caros). Cogimos nuestras maletas y nos dirigimos a esa escalera infernal pensando en cómo sería el hostal si tenía esa entrada… Llamamos a un timbre en el piso de arriba y nos abrió un chico de lo más simpático, y cuando por fin entramos y vimos la entrada moderna con una mesa con tubos fluorescentes y nuestra habitación con unas camas que ya las quisiéramos en Budapest, suspiramos de tranquilidad, ¡aquello parecía fabuloso!
Continuará…
P.D.- Lo dejo aquí porque está siendo una entrada muy larga y no tengo más tiempo para escribir. Mañana martes o el miércoles, la segunda parte.
Un besazo enorme a todos y no os preocupéis aunque no haya escrito, que todo va bien.
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